Parte IX
XXXIX
¿Cómo es posible describir las sensaciones de un corazón roto? Un vacío intenso, un abismo sin fin, un dolor profundo y desgarrador. ¿Cómo hacer frente a algo que no daña el cuerpo pero que aniquila el espíritu? Ni el más sabio de los hombres podría conocer el antídoto para sanar un alma herida. Y aún así, aunque existiera alguna milagrosa hierba o medicina que pudiera aplacar su tristeza, la princesa guerrera sabía que nada ni nadie era capaz de llenar el vacío que había dejado Gabrielle.
¿Qué se puede hacer cuando se ha perdido el alma gemela? ¿Llorar? Sus lágrimas habían brotado con tanta fuerza e intensidad que por momentos parecía que su vida se alejaba junto con ese mar tormentoso de aguas transparentes y salinas. ¿Gritar? Había implorado y maldecido. Su voz se había alzado por entre medio de las casas, los árboles y seguramente había alcanzado el Olimpo, ningún mortal o dios podría haber sido ajeno al lamento de la guerrera.
Sin fuerzas, miró el plato de comida que Joxer depositaba suavemente en la mesa. Su joven amigo se mostraba tan demacrado y abatido como ella.
Sin perder un instante, atravesó el portal. Sus rápidos reflejos le permitieron esquivar a tiempo una pila de escombros que se desprendían de una de las cúpulas del techo. Sólo las gruesas columnas que sostenían parte de la estructura del altar se conservaban enteras, el resto del templo se hallaba en ruinas.
—Xena, tienes que comer algo —replicó Joxer al ver que la mujer rechazaba el plato.
—¿Y tú? ¿Has podido ingerir bocado?
Joxer se sentó junto a la princesa guerrera. La mirada alegre y divertida se había desvanecido, los ojos marrones del joven sólo revelaban un profundo sufrimiento. Xena observó aquella mirada y supo de inmediato que sus propios ojos mostraban la misma pena, la misma aflicción. Joxer amaba a Gabrielle desde el primer momento en que la había conocido. Xena lo sabía, era demasiado notorio y a veces, cuando lograba dejar de lado sus propios sentimientos para con Gabrielle, era gracioso ver a Joxer corretear tras la bardo como un cachorrito juguetón. Por eso, no le extrañaba percibir en la mirada de su amigo su mismo dolor, el dolor de perder a alguien que se ha amado más allá de la imaginación.
—Al menos lo intento—contestó el joven.
—Tampoco has dormido bien, ¿verdad? —preguntó la guerrera al notar las ojeras que oscurecían el rostro de Joxer.
—No, me es muy difícil… cada vez que cierro los ojos…
—Aparece la imagen de Gabrielle en el templo… —completó Xena.
La guerrera rápidamente se secó los ojos, no era el momento oportuno para desencadenar una crisis de llanto.
—Xena, tiene que haber algo que podamos hacer…
—Joxer, por favor, déjame sola —dijo al notar que ya no tenía medios para controlar sus lágrimas.
—No, Xena —interrumpió Joxer—. Siempre encontramos la manera de salir adelante. ¿Por qué tendría que ser este caso distinto?
La esperanza y la determinación reflejadas en el rostro de su amigo chocaron contra su desconsuelo y su desesperación. Cansada de librar una batalla contra sus emociones, Xena dejó que el volcán de sentimientos y sensaciones que albergaba en su interior entrara en erupción.
—¿¡No entiendes que Gabrielle está muerta!? —exclamó zamarreando de los hombros al joven— Tú sabes bien que haría cualquier cosa por recuperarla… ¡Cualquier cosa! Descendería al Tártaro una y otra vez… ¡Lucharía contra Titanes, dioses y mortales por poder verla una vez más!
Xena lloraba en forma descontrolada. Joxer jamás había visto a la valiente y temible princesa guerrera de esa forma. Aún con el fuerte agarre de Xena sobre sus hombros, Joxer abrazó a la mujer y notó, para su sorpresa, que la estoica mujer no se apartó de sus brazos.
Por unos instantes, los dos amigos lloraron juntos. Era demasiado el dolor y el desconsuelo para envolverlo en una estúpida capa de orgullo. Xena y Joxer, por unos instantes, lloraron a su dulce y amada bardo.
—Si tan sólo tuviera su cuerpo… —dijo Xena alejándose suavemente de Joxer—. Si tan sólo supiera dónde la han llevado…
El rostro de Joxer se iluminó al escuchar las palabras de la guerrera. Una luz de esperanza se abrió paso entre las gruesas capas de desconsuelo.
—¡Xena! ¡No es demasiado tarde, todavía podemos encontrarla!
Tímidamente, Xena correspondió a la sonrisa de su amigo. Joxer estaba en lo cierto, no podía darse por vencida. Siempre encontraba la forma de volver a Gabrielle. Esta vez, también lo lograría.
—Debemos luchar por salvar este pueblo y por Gabrielle —infirió Joxer con un semblante más animado.
—Sí. Por el pueblo y por… Gabrielle.











