XLIV
La princesa guerrera detuvo el rítmico movimiento con el que afilaba la hoja de su espada y por unos momentos, la piedra dejó de pulir el acero. Los agudos sentidos de la guerrera dispararon la señal de alerta. Xena retomó su tarea, sin antes rozar con la palma de su mano la peligrosa arma que descansaba a un costado de su cadera.
—Sal de ahí —dijo mientras continuaba extrayendo filo al inmaculado metal.
Si bien había luna llena, el cielo estaba plagado de nubarrones grises y sólo el débil resplandor de la hoguera servía de iluminación en la noche cerrada. Un leve crujido provino del flanco derecho, pisadas sutiles y ligeras se acercaban a la princesa guerrera, que sin inmutarse, mantenía su vista fija en el acero de su espada. Una oportuna ráfaga de viento apagó el fuego, logrando al fin inquietar a la valiente mujer. Xena se puso de pie, con su mano delicadamente apoyada en la curvatura del chakram y dispuesta a hacer pedazos a cualquier ser vivo que se atreviera a enfrentarla.
—No estoy de humor para jugar al escondite —sentenció.
Los ojos azules sorprendieron a la figura que, aprovechando la situación, se desplazaba en la penumbra. El filo de su chakram detuvo su trayectoria elíptica en las cercanías de una garganta desconocida.
Las nubes que caprichosamente enmascaraban la luna se hicieron a un lado. Las sombras tomaron forma y la figura cuyo avance había inmovilizado abandonó su misterio bajo los rayos de plata. El chakram se escurrió de los dedos de la guerrera como así también parecía escapar el corazón de su pecho ante la magnifica visión que estaba frente a sus ojos.
—¡Gabrielle!
La dorada cabellera relucía bajo el espejo de plata y los ojos verdes brillaban con la impetuosidad del mar embravecido.
—¡Gabrielle! —exclamó Xena estrechando a la bardo entre sus brazos— ¿Cómo es posible?
—Shhhh —dijo colocando suavemente el dedo índice en los labios de la guerrera—. No hay tiempo para explicaciones, Xena.
La mujer más alta accedió a mantenerse en silencio aún cuando su cerebro se llenaba estrepitosamente de infinidades de pensamientos.
—Apenas he podido escapar y estoy muy cansada.
—Déjame revisarte. Aún no entiendo cómo has logrado sobrevivir a esa herida en tu pecho… pero gracias a los dioses que estás aquí.
Las manos de la guerrera se apresuraron en adentrarse por entre medio del abrigo que cubría a su compañera.
—No te preocupes —dijo Gabrielle cubriendo las fuertes manos de la guerrera con las suyas—. Estoy bien.
—¿Qué ocurre? Sólo quiero cerciorarme de que no corras ningún riesgo.
—¡Oh, Xena! —exclamó la bardo dejando a un lado las manos de la guerrera— Aquí, a tu lado, nada malo podrá ocurrirme.
Como sello final a estas palabras los labios de Gabrielle se posaron sobre los de la princesa guerrera. Xena se estremeció. La alta figura se pegó a la silueta más pequeña y los largos dedos de la guerrera se deslizaron ávidamente a través de la ropa.
—Tu herida… ya no está, Hope.
Xena se apartó y observó en los verdes ojos un brillo malicioso. Sus sentidos podrían engañarla pero no su corazón. Ya no volvería a confundir a Gabrielle con su hija.
—Muy bien, guerrera. Después de todo, parece que no extrañas tanto a mi madre… La primera vez, en Poteidaia, engañarte fue más fácil. Supongo que en esa oportunidad realmente estabas desesperada por volver a verla.
—Tú que sabes —infirió Xena en tono amenazador—. No te imaginas cuánta falta me hace.
Hope sonrió. Xena estaba dispuesta a negociar.
—Sabes bien que puedo entregarte a tu preciosa bardo.
—¿Cuál es el precio?
—Oh… no te costará demasiado.
Xena se mantuvo en silencio. Aún cuando todo su ser clamaba por vengar la vida de su alma gemela, hasta el momento era la única forma de llegar a Gabrielle. Haría lo necesario para recuperarla, incluso tratar con la criatura que tanta desgracia había traído a sus vidas.
—Tú tienes algo que me pertenece. Quid pro quo, Xena.
La guerrera frunció el ceño al escuchar aquellas palabras en latín. La lengua del César. Su odio por el romano había sido el comienzo de esta historia que parecía no tener fin. Las Parcas se empeñaban en conseguir que pagara cien veces cada uno de los errores que había cometido.
—¿Qué quieres, Hope?
—Me extraña que no lo sepas —dijo la diosa examinando cuidadosamente cada una de las reacciones de la mujer que tenía enfrente—. El elixir por la vida de mi madre.
—¿De qué elixir estás hablando?
—Xena, Xena, Xena… No pretendas engañarme. Tú lo tienes y me gustaría recuperarlo.
—No poseo ningún elixir.
—Déjame ayudarte a refrescar tu memoria —añadió Hope caminando en círculos en torno a la guerrera—. Un cilindro de metal escondido dentro de un caballito de madera.
Los ojos verdes se adentraron en las profundidades celestes. La mente de la princesa guerrera era demasiado fuerte para que pudiera leer sus pensamientos… ¿o acaso Xena estaba diciendo la verdad? Hope sintiéndose frustrada en este primer intento, decidió marcharse, dejaría a la mujer con su tentadora oferta flotando en la atmósfera. Si Xena realmente no sabía de la existencia del elixir, movería cielo y tierra por encontrarlo. Conocía bien a la amiga de su madre, no rechazaría su propuesta.
—Trae el elixir y yo, traeré de vuelta a tu bardo…
Hope se acercó y rozó insinuantemente el cuerpo de la guerrera.
—Piénsalo, tienes un día entero. Si mañana a la medianoche me entregas aquello que me pertenece, tendrás nuevamente a Gabrielle entre tus brazos.
¡NO TE PIERDAS EL FINAL!
PRÓXIMA SEMANA, A LA MISMA HORA, EN EL MISMO CANAL.










