
Rendida
No fue la espada certera de guerreros desalmados
ni el abismo pergeñado por los dioses del Olimpo.
No ardió el alma renovada como el fénix malherido
ante fuerzas de la magia, tan diversa como infame.
Fue la mirada entornada del loto vuelto azabache,
la engañadora doncella, cumbre del sueño infinito.
En esa profunda alquimia, autora de desengaño,
se hundió la otrora salvaje, la malvada, la sin miedo.
Fue la suave ondulación de esos ojos que mentían,
infalible y mortal, más que todo el hierro forjado.
La Voz Visionaria de Atenas












